domingo, 13 de noviembre de 2016

Pequeño discurso para el gran Mandril, escrito durante una mañana soleada de noviembre

Oh, gran Mandril, no me dejas.

Cuando me dispongo a marchar, siempre ocurre algo, una pequeña tragedia,
un compromiso, una enorme roca en mitad del camino.
Cuando he preparado la mochila con mis cosas, siempre suena el teléfono.

En el preciso instante en que abro la puerta,
comienza los disturbios,
un pequeño bostezo,
la desagradable sorpresa de la huida del tiempo.

Han escapado las horas de nuevo.

Y es que estamos en las mismas,
que el trabajo todavía no se ha convertido en juego.

¡Mandrileños!
Es cierto que más allá de los límites también ocurren cosas.
Que los campos se alejan cada vez que tratáis de aproximaros.
¿Qué hacer, entonces?
Es domingo, hace Sol, el frío todavía no ha llegado a nuestras calles.
El gran dedo aniquilador, todavía no me ha señalado.






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